Intervención de la CIA en Chile, 1964-1973

Hoy 11 de septiembre es el aniversario del golpe de estado de Pinochet, promovido por la CIA, contra el gobierno constitucional de Salvador Allende (11 de septiembre de 1973).

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Por este motivo aprovechamos para actualizar un capítulo íntegro del libro de William Blum, Killing Hope (Asesinando la Esperanza), a partir de la edición y traducción al castellano que hizo la editorial Oriente de Cuba. Se trata del capítulo 34, que está dedicado precisamente a Chile y a la intervención de EE.UU. y de la CIA entre 1964 y 1973 en este país andino. Este capítulo lo habíamos publicado en el blog el 11-9-15. Ahora corregimos algunos errores que había y lo actualizamos.

El notable interés que tiene este capítulo del libro de Blum (igual que el resto del libro), radica en la riqueza de detalles que aporta, siempre fundamentados en fuentes bien documentadas.

La transcripción del texto es nuestra (no existe o no conocemos en castellano una versión digital en Internet, aunque sí en inglés). Hemos respetado la traducción realizada por la editorial cubana; de forma puntual y singular, retocamos la construcción sintáctica en algún párrafo o cambiado alguna palabra del español caribeño al español peninsular, pero esto de forma muy excepcional.

Las imágenes y negrita son añadidos nuestros para hacer el texto más ameno. Los enlaces del texto lógicamente también son nuestros.
Os recordamos que al final encontraréis el índice del libro y los enlaces a los capítulos ya publicados en este blog.

Referencia documental

Blum, William: «Chile, 1964-1973. Una hoz y un martillo estampados en Ia frente de tu hijo», capitulo 34 del libro Asesinando la Esperanza. Intervenciones de la CIA y del Ejército de los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial pp. 250-261. Editorial Oriente, Santiago de Cuba (Cuba), 2005. Original en inglés: Killing Hope: U.S. Military and CIA Interventions Since World War II, Common Courage Press, 2004.

Una hoz y un martillo estampados en la frente de tu hijo

Cuando Salvador Allende, un marxista comprometido, perdió por sólo un 3 % de votos en las elecciones presidenciales chilenas de 1958, EE.UU. decidió que las siguientes elecciones, las de 1964, no podían ser dejadas en las manos de la providencia, o la democracia. Tras instalarse la administración Kennedy en 1964, se creó un comité electoral, compuesto por funcionarios de alto nivel del Departamento de Estado, la CIA y la Casa Blanca. En Santiago se estableció un comité paralelo con gente de la CIA y la Embajada. (1)

“La intervención del Gobierno norteamericano en Chile en 1964 fue descarada y casi obscena [dijo un oficial de Inteligencia ubicado en una posición estratégica en aquel momento]. Estábamos metiendo gente a derecha e izquierda, principalmente del Departamento de Estado, pero también de la CIA, con toda clase de fachadas”. En total fueron dedicados unos cien agentes a esta operación (2), que comenzaron a preparar el terreno para la futura elección -según averiguó y reveló un comité del Senado- “mediante el establecimiento de relaciones de trabajo con partidos políticos fundamentales y mediante Ia creación de mecanismos de organización y propaganda que permitieran influir sobre sectores clave de la población”. Fueron emprendidos proyectos “para ayudar a entrenar y organizar anticomunistas» entre los campesinos, habitantes de las barrios pobres, sindicalistas, estudiantes, medios de prensa, etcétera. (3)

Después de canalizar fondos a varios partidos contrarios a la izquierda, el equipo electoral se concentró en un hombre del centro, Eduardo Frei (candidato del Partido Demócrata-Cristiano) como el de mayores probabilidades para impedir el ascenso al poder de Allende. La CIA costeó encubiertamente más de la mitad del costo total de su campaña (4), una de las razones de que la operación total de la Agencia significara una reducción de unos veinte millones de dólares (5) para el Tesoro de EE.UU., mucho más de lo gastado por votante en las campañas de Johnson y Goldwater juntas en ese mismo año. El grueso del dinero fue invertido en propaganda. El comité del Senado lo describió así:
Reforzando el apoyo a los partidos políticos, la CIA montó una campaña de propaganda anticomunista masiva. Se hizo amplio uso de la prensa, radio, películas, panfletos, afiches, volantes, correspondencias, banderolas y graffitis. Fue una “campaña de miedo”, que se basaba sobre todo en las imágenes de tanques soviéticos y pelotones de fusilamiento cubanos e iba dirigida en especial a las mujeres. Cientos de miles de copias de una carta pastoral anticomunista del papa Pío Xl fueron distribuidas por organizaciones demócrata-cristianas. Llevaban un membrete que decía “impresas en forma privada por ciudadanos sin afiliación política a fin sobre todo de ayudar a divulgar su contenido”. “Desinformación” y “propaganda negra” —material que pretendía tener su origen en otra fuente, como por ejemplo el Partido Comunista Chileno- fueron también utilizados.“ (6)
La campaña de miedo jugó con el hecho de que las mujeres en Chile, y en el resto de Latinoamérica, son más religiosas por tradición que los hombres, y más susceptibles a alarmarse ante el espectro del “comunismo impío”. Un spot de radio reproducía el sonido de una ametralladora seguido del grito de una mujer: “¡Han matado a mis hijos! ¡Los comunistas!” El locutor anunciaba entonces: “El comunismo sólo ofrece dolor y sangre. Para que esto no ocurra en Chile debemos elegir como presidente a Eduardo Frei» (7).

Otras tácticas se centraban en alertas sobre el control ruso y que los comunistas confiscarían todo lo cercano, querido y sagrado. El informe del comité continuaba:

La campaña de propaganda fue enorme. Durante la primera semana de actividad intensiva (la tercera semana de junio de 1964), un grupo de propaganda financiado por la CIA produjo veinte spots de radio diarios en Santiago en 44 emisoras: noticieros de veinte minutos se transmitían cinco veces al día en tres emisoras santiaguinas y 24 provinciales; miles de caricaturas políticas y muchos anuncios pagados de publicidad. Hacia fines de junio, el grupo producía 24 boletines de noticias diarios en Santiago y las provincias, 26 programas de “comentarios” a la semana y distribuía 3.000 afiches cada día. (8)

En un afiche, que apareció por miles, se mostraban niños con una hoz y un martillo estampados en la frente (9). Los artículos de otras partes de Latinoamérica que apoyaran las líneas políticas de la campaña de la CIA eran recogidos y reproducidos en Chile. Sin duda, muchos de esos artículos habían sido escritos en las estaciones de la Agencia en sus países respectivos. También había opiniones sobre Frei solicitadas a personalidades internacionales famosas, anuncios como el “mensaje de las mujeres de Venezuela” (10) y una emisión de radio vitriólica de Juanita Castro, hermana de Fidel, quien realizaba una gira organizada por la CIA por Sudamérica: “Si los rojos ganan en Chile, no habrá ningún tipo de actividad religiosa […] Madre chilena, yo sé que no permitirás que te quiten a tus hijos y los envíen al bloque comunista, como pasó en Cuba”, dijo (11).

Otro de los aspectos revelados por el comité fue:

Además de comprar espacios de propaganda, la estación [de la CIA] con frecuencia compró la entidad total mediante subsidios a organizaciones mediáticas de tendencia pro norteamericana […] En lugar de ubicar textos individuales, la CIA apoyó, o incluso fundó, medios de prensa amigos que no habrían existido sin esta ayuda. Desde 1953 hasta 1970 la estación financió en Chile servicios cablegráficos, revistas para intelectuales y un semanario de derecha. (12)

Un veterano del Departamento de Estado que participó en la campaña recuerda que en uno de los periódicos subsidiados “la composición era magnífica. Las fotografías soberbias. Era un producto estilo Madison Avenue, muy por encima del nivel de las publicaciones chilenas» (13). Lo mismo podría haberse dicho sobre las elecciones como tal. Además de llevar a cabo proyectos de acciones políticas por su cuenta en un número de importantes sectores electorales, la CIA dirigió la campaña demócrata-cristiana siguiendo la línea de las norteamericanas, con registro de votantes, maniobras de anulación de votos y empresas profesionales encargadas de encuestas de opinión pública (14). Como broche de oro, enviaron un especialista en elecciones del personal del alcalde de Chicago, Richard Daley, eminente conocedor y guardián de las elecciones libres (15). Sólo se puede especular sobre cuáles fueron las funciones del hombre de Daley en Chile.

Varios de los programas financiados por la CIA fueron dirigidos por Roger Vekemans, un sacerdote jesuita belga que llegó a Chile en 1957 y fundó una red de organizaciones de acción social, una de las cuales llegó a tener 100 empleados y un presupuesto anual de treinta millones de dólares. Según su propia declaración en 1963, Vekemans recibió cinco millones de la CIA y un monto similar de la AlD para orientar los recursos de sus organizaciones en apoyo a los demócrata-cristianos y Frei, con quien Vekemans tenía estrechas relaciones (16). Los programas del jesuita cumplían la clásica función de canalizar el fervor revolucionario por los caminos reformistas. Los eclesiásticos que trabajaban para la CIA en el Tercer Mundo acostumbraban a participar en la recopilación de información sobre las actividades y actitudes de obreros y campesinos para ubicar a los conflictivos, reclutar a los prospectos prometedores, predicar la doctrina anticomunista, servir de conductos para la entrega de fondos y funcionar como fachada religiosa para diversas operaciones de la Agencia. Vekemans, quien era un anticomunista furioso, fue soldado de primera línea en la lucha de los demócrata-cristianos y la iglesia Católica contra la Teología de la Liberación que ganaba fuerza por entonces entre los sacerdotes más liberales en Latinoamérica, y que conduciría al diálogo histórico entre el marxismo y el cristianismo (17).

La operación tuvo éxito. Más allá de lo esperado, Frei alcanzó el 56 % de los votos contra el 39 % de Allende. La CIA valoró “la campaña de temor anticomunista como la actividad más efectiva emprendida”, destacó el comité del Senado (18). Esta fue la táctica dirigida hacia el sector femenino. Se comprobó que Allende obtuvo 67.000 votos más de los hombres (en Chile hombres y mujeres votan por separado), pero entre las mujeres Frei lo superó en 469.000, lo que atestigua una vez más la notable facilidad con la cual se puede manipular la mente humana en casi todas las sociedades.

¿Qué había en Salvador Allende que justificase esta febril campaña? ¿Qué amenaza representaba este hombre contra quien se emplearon los enormes recursos técnicos y económicos del país más poderoso del mundo? El programa de Allende fue descrito por el comité del Senado como la redistribución del ingreso [el 2% de la población recibía el 46% del ingreso nacional] y el rediseño de la economía chilena, comenzando con la nacionalización de las principales industrias, en especial el cobre; una reforma agraria de gran envergadura y la ampliación de las relaciones con los países socialistas y comunistas» (19). De un hombre con ese programa se podía esperar que condujera a su país por un camino independiente de las prioridades de la política exterior norteamericana y de las multinacionales. (Tal como confirmó su período presidencial luego, era también independiente de cualquier otro país)

La ClA es una organización siempre en marcha. Sus actividades encubiertas se realizan día por día en cada país. Entre las elecciones presidenciales de 1964 y 1970, muchos de los programas destinados a fomentar una mentalidad contra la izquierda en diferentes sectores de la población continuaron; muchos de los mecanismos electorales y propagandísticos permanecieron en funciones para apoyar candidatos en las elecciones parlamentarias de 1965 y 1969; en esta última, se dio apoyo financiero a un partido socialista fraccionario para restar votos al Partido Socialista de Allende; según se dice, esto lo privó de siete escaños por lo menos (20).

El comité del Senado describió algunos de los otros proyectos encubiertos emprendidos por la CIA durante este periodo:

  • Luchar por arrebatar a los comunistas el control de las organizaciones estudiantiles universitarias en Chile.
  • Apoyar a un grupo activo de mujeres en la vida intelectual y política de Chile.
  • Combatir la Central Única de Trabajadores Chilenos, dominada por los comunistas, y apoyar los «sindicatos democráticos» (entiéndase anticomunistas).

Explotar un grupo de acción cívica como frente de combate contra la influencia comunista dentro de los círculos culturales e intelectuales.
En 1968. al mismo tiempo que la CIA se ocupaba en subvertir sindicatos dominados por el Partido Comunista Chileno, otro comité del Senado de EE.UU. llegaba a la conclusión de que el movimiento obrero latinoamericano había abandonado su perfil revolucionario: «lncluso los sindicatos bajo dominio comunista, en especial los que siguen la línea de Moscú, aceptan ahora de manera general que la vía pacífica es la única alternativa posible» (21).

“No veo por qué necesitamos quedarnos sin hacer nada y contemplar como un país se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de su propia gente» (23). Así habló Henry Kissinger, asesor principal del presidente en materia de seguridad nacional. Era el 27 de junio de 1970, en una reunión del Comité 40 del Consejo de Seguridad Nacional, y la gente irresponsable, según Kissinger, eran los chilenos que, temía, podían finalmente elegir como presidente a Salvador Allende. Estados Unidos no permaneció con las manos cruzadas. En esta reunión se aprobó un aumento de 300.000 dólares a la operación «para estropear” a Allende que ya se llevaba a cabo. La CIA enfocó su artillería pesada de desinformación sobre el electorado chileno con proyectiles como: “Una victoria de Allende significa violencia y represión stalinista” (24). La propaganda negra iba dirigida a debilitar la coalición del candidato izquierdista y sus partidarios sembrando divergencias entre el Partido Comunista y el Socialista, principales integrantes del frente, y entre el Partido Comunista y la Central Única de Trabajadores (25). Sin embargo, el 4 de septiembre Allende ganó con una pluralidad de votos.

Pinochet y Kissinger en 1976, en Santiago de Chile. “No veo por qué necesitamos quedarnos sin hacer nada y contemplar como un país se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de su propia gente", había declarado Kissinger en 1970. Fue el gran ideólogo del golpe de estado fascista, que tuvo en Pinochet el brazo ejecutor guiado por la CIA. Kissinger recibió el Premio Nobel de la Paz en 1973, el año en que tuvo lugar el golpe militar en Chile que se saldó con más de 40.000 personas asesinadas (cifras oficiales, aunque otras fuentes elevan la cifra por encima de las 100.000 personas).
Pinochet y Kissinger en 1976, en Santiago de Chile. “No veo por qué necesitamos quedarnos sin hacer nada y contemplar como un país se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de su propia gente», había declarado Kissinger en 1970. Fue el gran ideólogo del golpe de estado fascista, que tuvo en Pinochet el brazo ejecutor guiado por la CIA. Kissinger recibió el Premio Nobel de la Paz en 1973, el año en que tuvo lugar el golpe militar en Chile que se saldó con más de 40.000 personas asesinadas (cifras oficiales, aunque otras fuentes elevan la cifra por encima de las 100.000 personas).

El 24 de octubre, el Congreso chileno debía reunirse para escoger entre el candidato ganador y el del conservador Partido Nacional, Jorge Alessandri, que había quedado segundo. Por tradición era seguro que Allende se convertiría en presidente. Estados Unidos tenia siete semanas para evitar su toma del poder. El 15 de septiembre el presidente Nixon se reunió con Kissinger, el director de la CIA Richard Helms y el fiscal general John Mitchell. Las notas de Helms se han vuelto famosas: “Una oportunidad entre 10 quizás, pero ¡salven a Chile!”, “no se preocupen por los riesgos existentes», “diez millones disponibles, más si es necesario», “hagan chillar a la economia”. (26)

El Comité 40 autorizó fondos para sobornar a congresistas chilenos para votar por Alessandri (27), pero esto se dejó pronto de lado como impracticable y, bajo la presión de Nixon, los esfuerzos se concentraron en inducir a los militares a llevar a cabo un golpe y cancelar el voto del Congreso (28). Al mismo tiempo, Nixon y Kissinger dejaron claro a la CIA que no se tomaría a mal el asesinato de Allende. Un documento de la Casa Blanca sobre las opciones para considerar analizaba diversas formas en que esto podía realizarse (29).

Se inició una nueva campaña de propaganda en Chile dirigida a los militares, entre otros, para convencerlos de la catástrofe que sobrevendria a la nación si Allende llegaba a la presidencia. Además de las historias usuales de horrores comunistas, se hizo saber que se retiraría la ayuda norteamericana e internacional en general; esto fue acompañado de rumores y predicciones acerca de la nacionalización de toda empresa, incluidos los pequeños negocios, y el consiguiente colapso de la economía. La campaña de hecho afectó seriamente a la economía chilena y se produjo un pánico financiero (30). En privado los altos militares chilenos fueron advertidos de que se detendría la ayuda militar si Allende tomaba el poder (31).

Durante este periodo, según la CIA, se dieron a conocer más de setecientos artículos, transmisiones, editoriales, etc, en los medios latinoamericanos y europeos como resultado de la actividad directa de la Agencia. Esto es aparte de las historias “reales” de los medios inspiradas en las falsas. Además, periodistas en la nómina de la CIA, llegaron a Chile provenientes de al menos diez países para reforzar su material con la credibilidad de reportar desde el lugar de los hechos (32).

El fragmento siguiente de un cable de la CIA del 25 de septiembre de 1970 ofrece algunas indicaciones sobre el rango de tales operaciones mediáticas:
«Sao Paulo, Tegucigalpa, Buenos Aires, Lima, Montevideo, Bogotá, México informan la retransmisión continua de los materiales sobre el tema de Chile. También se reproducen estos elementos en el New York Times y el Washington Post. Las actividades de propaganda continúan dando una buena cobertura del desarrollo en Chile bajo nuestra orientación” (33).
La CIA también dio informes “internos” a periodistas norteamericanos sobre la situación en Chile. Uno de ellos ilustró a la revista Time sobre la intención de Allende de apoyar la violencia y destruir la prensa libre de Chile. Esto, señaló el informe del Senado antes referido, “trajo como resultado un cambio en el enfoque esencial” de la historia en la revista (34).

Cuando Allende criticó al principal periódico conservador, El Mercurio (fuertemente financiado por la CIA), la Agencia “orquestó cables de apoyo y protesta por parte de periódicos extranjeros, una declaración de protesta de una asociación internacional de prensa y cobertura mundial para la misma“ (35). Un cable enviado desde el alto mando de la CIA a Santiago el 19 de octubre expresaba la preocupación de que el golpe no tenía aún “ni pretexto ni justificación que pueda ofrecer para hacerlo aceptable en Chile o Latinoamérica. Parece necesario por tanto crear uno para servir de sostén a la proclamación [de los militares] de la necesidad del golpe para salvar a Chile del comunismo“. Una de las sugerencias que se daba era la fabricación de: “Evidencias firmes de que los cubanos planearon reorganizar todos los servicios de inteligencia en el molde cubano-soviético y así crear la estructura de un estado policial […] Con los apropiados contactos militares se puede determinar cómo ‘descubrir’ el informe de inteligencia que podría ser plantado durante asaltos previstos por los carabineros [policía chilena]” (36).

Mientras tanto la Agencia mantenía activas consultas con varios oficiales chilenos que eran receptivos a la idea del golpe (la dificultad para encontrarlos fue descrita por la CIA como un problema de vencer la “inercia apolítica y constitucional de los militares chilenos”) (37). Les aseguraron que EE.UU. les darían apoyo total excepto en cuanto a la participación directa. El obstáculo inmediato que encontraron fue la decidida oposición del jefe del Ejército, René Schneider, quien insistió en que se siguiera el proceso constitucional. Debía ser eliminado.

En la mañana del 22 de octubre la CIA entregó ametralladoras “limpias” y municiones a algunos de los conspiradores (antes les habían entregado gas lacrimógeno). Ese mismo día, Schneider fue mortalmente herido en un intento de “secuestro” cuando se dirigía a su trabajo. La estación CIA en Santiago cablegrafió a sus jefes que el general había sido herido con el mismo tipo de armas que habían entregado a los conspiradores, aunque más tarde la Agencia declaró al Senado que los asesinos reales eran personas distintas. (38)

El asesinato no sirvió para los propósitos buscados. Sólo inflamó al ejército en torno a la bandera del constitucionalismo y ya quedaba poco tiempo. Dos días después, Allende fue confirmado por el Congreso chileno. El 3 de noviembre asumió el poder.

La escena estaba lista para el choque entre dos experimentos. Uno era el “socialista” de Allende dirigido a sacar a Chile del pantano de la dependencia y el subdesarrollo. El otro era, para expresarlo con las palabras del director de la CIA William Colby, “un prototipo o experimento de laboratorio para evaluar las técnicas de fuertes inversiones financieras para desacreditar y echar abajo a un gobierno» (39).

Aunque hubo algunos rasgos individuales en este experimento que fueron únicos para la CIA, en su conjunto fue tal vez la intervención más variada que emprendió EE.UU. en todos los tiempos. Durante el proceso se incorporó una nueva palabra al lenguaje cotidiano: desestabilización.

“No se permitirá que llegue ni un tornillo ni una tuerca a Chile bajo Allende”, había advertido el entonces embajador Edward Korry antes de la confirmación del presidente chileno (40). La economía del país, en extremo dependiente de EE. UU., era el punto débil, fácil para golpear. Durante los siguientes tres años los nuevos programas de asistencia gubernamental estadounidense a Chile disminuyeron hasta casi desaparecer; de manera similar ocurrió con los préstamos del Banco de Exportaciones e Importaciones (norteamericano) y del Banco de Desarrollo Iberoamericano, en el que EE.UU. tenía un poder de decisión equivalente al veto. Por su parte. el Banco Mundial no efectuó nuevos préstamos a Chile entre 1971 y 1973. La asistencia financiera gubernamental y las garantías a las inversiones privadas norteamericanas fueron cortadas abruptamente y se dio la orden a las empresas yanquis de apretar la soga económica (41).

Este boicot se tradujo en situaciones como los numerosos autobuses y taxis fuera de servicio en Chile, debido a la falta de piezas de repuesto, y lo mismo ocurría en las industrias del cobre, acero, electricidad y petróleo. Los suministradores norteamericanos se negaban a vender las refacciones necesarias a pesar de que Chile ofrecía pagar en efectivo y por adelantado (42).

La multinacional ITT, que no necesitaba que le indicaran qué hacer, declaró en un memorándum en 1970: «Una esperanza mas realista entre aquellos que quieren bloquear a Allende es que el paulatino deterioro de la economía evitará una ola de violencia que conduzca a un golpe militar» (43).

En medio de esto, y en contra de lo anunciado ante, se incrementó la ayuda militar durante 1972 y 1973, al igual que el número de militares chilenos entrenados en EE.UU. y Panamá (44). El gobierno de Allende, atrapado entre la espada y la pared, no se atrevió a rechazar esta «ayuda» por temor a buscarse el el antagonismo de los jefes militares.

Quizás nada produjo mayor descontento en la población que las escaseces, las pequeñas molestias diarias cuando no se podía conseguir un alimento favorito, o faltaba la harina, o el aceite de cocina, o el papel higiénico, las sábanas, el jabón, o una pieza de repuesto del televisor o del coche, o cuando un adicto no podía encontrar cigarrillos. Algunas de estas carencias eran resultado del momento de transición que vivía el país: empresas privadas que pasaban al control estatal, experimentos en centros bajo control de los trabajadores, pero esto era de poca monta en comparación con el efecto de la supresión de la ayuda y las prácticas de las omnipresentes corporaciones norteamericanas. Muy ilustrativas eran también las dilatadas huelgas mantenidas por largo tiempo gracias al apoyo financiero de la CIA (45).

En octubre del 1972, por ejemplo, una asociación de camioneros privados instituyó un cese de operaciones dirigido a interrumpir el flujo de alimentos y otros artículos importantes, incluidos periódicos pro gubernamentales (la sutileza no estaba a la orden del día en este país ultrapolarizado). La consecuencia de este paro fue el cierre de tiendas y cuando volvieron a abrirse, en muchas de ellas no aparecieron determinados productos, como los cigarrillos, retenidos por sus dueños para venderlos a mayor precio en el mercado negro. Luego la mayoría de las compañías privadas de autobuses dejaron de operar y, para coronar todo, numerosos profesionales y empleados de “cuello blanco», en su mayoría opositores al Gobierno, abandonaron el país con o sin ayuda de la CIA.

Buena parte de esta campaña estuvo dirigida a agotar la paciencia del público y a convencerlo de que “el socialismo no podía funcionar en Chile“. Sin embargo, se habían producido peores carencias antes del gobierno de Allende para una parte de la población: escasez de comida, de vivienda, de servicios de salud y de educación, por ejemplo. Al menos la mitad de la población había sufrido de desnutrición; Allende, médico de profesión, explicó su programa de leche gratuita a los niños señalando: “Hoy en Chile tenemos más de 600.000 niños con retraso mental porque no se nutren de la manera adecuada en los primeros ocho meses de vida, porque no reciben las proteínas necesarias» (46).

La ayuda financiera no era el único recurso empleado por la CIA en los casos de paro. Más de cien miembros de las asociaciones profesionales chilenas y gremios de empleados eran graduados de las escuelas del Instituto Americano para el Desarrollo del Trabajo Libre en Front Royal, Virginia. El IADTL, la principal organización laboral latinoamericana de la CIA, también ayudó a crear una nueva asociación profesional en mayo de 1971: la Confederación de Profesionales Chilenos. Los especialistas del IADTL tenían más de una década de experiencia en el arte de promover la agitación económica (o en mantener a los trabajadores sometidos si la ocasión lo requería) (47).

Los mercaderes de la propaganda de la Agencia sacaban provecho de la falta de productos y el desorden y los agravaban al instigar el acaparamiento. Todas estas técnicas se veían facilitadas por la casi ilimitada libertad de prensa: titulares y artículos difundian rumores acerca de cualquier cosa, desde nacionalizaciones hasta comida en mal estado y aguas contaminadas: «¡Caos económico! ¡Chile al borde del abismol», se leía en grandes titulares de un periódico; se anunciaba el fantasma de la guerra civil, cuando no se le invocaba de hecho; artículos alarmistas que en cualquier otra parte del mundo habrían sido considerados sediciosos: lo peor de los tabloides londinenses o del National Enquirer de EE. UU. parecería en comparación tan inocentes como una revista de odontologia (48). En respuesta a esto, en unas pocas ocasiones el Gobierno cerró durante un breve período de tiempo algún periódico o alguna revista, tanto de izquierdas como de derechas, por poner en peligro la seguridad (49).

El apoyo rutinario de la CIA a la oposición política fue ampliado para incluir a la organización de extrema derecha Patria y Libertad, de la que se dice que la CIA ayudó a formar y cuyos miembros la Agencia entrenó en guerra del guerrillas y técnicas de explosivos en escuelas en Bolivia y en Los Fresnos, Texas. Patria y Libertad realizaba asaltos y motines, en reiteradas provocaciones y actos de violencia, y sus publicaciones llamaban abiertamente a la realización de un golpe militar (50).

La CIA se dedicó a cortejar al ejército con este mismo fin. Ofrecer equipamiento militar implicaba la presencia normal de asesores norteamericanos y la oportunidad y para estos de trabajar cerca de los chilenos. Desde l969 la Agencia había ido reclutando «efectivos de Inteligencia» en las tres ramas de las fuerzas armadas, y esto incluía “oficiales a nivel de comandancia, de compañía, oficiales retirados y soldados». Al emplear su mezcla acostumbrada de información real y fabricada, junto con documentos falsificados, la CIA se las arregló para mantener a estos militares “en estado de alerta». Una manera era convencerlos de que la unidad de investigaciones de la policía estaba actuando en coordinación con la Inteligencia cubana para reunir información perjudicial para el alto mando del ejército, por supuesto con la aprobación de Allende (51).

Los periódicos financiados por la CIA en Santiago, en particular El Mercurio, a menudo se concentraban en el empeño de influir sobre los militares. Hablaban de intrigas comunistas para dispersar o destruir las fuerzas armadas, planes soviéticos de establecer una base de submarinos en Chile, el interés de Corea del Norte de construir una base de entrenamiento, y así por el estilo. Los artículos promovían el odio hacia el Gobierno entre los soldados y, en algunas ocasiones, se publicaban columnas enteras destinadas a cambiar la opinión de un oficial particular, en otro caso la opinión de la esposa de un oficial (52). La Agencia también subsidió un número de libros y otros tipos de publicaciones en Chile. Uno era un boletín anti gubernamental de corta vida destinado a los militares (53). Más tarde se hizo uso del semanario político y humorístico, Sepa, con los mismos objetivos. La cubierta del 20 de marzo de 1973 decía en el titular: “Robert Moss. Una receta inglesa para Chile: el control militar”. Moss era identificado como un sociólogo británico. Una descripción más apropiada habría sido que era un especialista en “noticias” asociado con conocidos medios de prensa de la CIA. Uno de estos: el Forum World Features de Londres (ver capitulo de Europa occidental) publicó el libro de Moss, El experimento marxista de Chile, en 1973, que la junta hizo circular ampliamente para justificar su golpe (54). Moss estaba asociado con un tanque pensante financiado por la Agencia en Santiago que tenía el muy inocuo nombre de Instituto de Estudios Generales. El lEG, entre otras actividades, realizaba seminarios para los oficiales chilenos en los que se explicaba en términos técnicos, apolíticos, por qué Allende era un desastre para la economía y por qué un sistema de liberalización del mercado ofrecía una solución a los males chilenos. No hay forma de medir hasta qué punto tales charlas influyeron en las futuras acciones de los militares, aunque tras el golpe la junta nombró a varios de los especialistas del IEG en cargos del Gobierno (55).

Mientras tanto la Estación de la CIA en Santiago estaba reuniendo la información necesaria para el momento del golpe: «listas de personas que se debían arrestar, instalaciones civiles clave y personal necesitado de protección, principales instalaciones del gobierno que se debían tomar y los planes de emergencia que el gobierno podría utilizar en caso de un alzamiento militar” (56). Más tarde aseguraron que esta información nunca fue entregada a los militares chilenos, algo que no suena muy probable. Debe destacarse que en los días que siguieron al golpe, el ejército fue directamente a las casas de muchos norteamericanos y otros extranjeros residentes en Santiago que eran simpatizantes de Allende (57). Los planes de emergencia del Gobierno fueron obtenidos supuestamente a través de sus agentes infiltrados en los numerosos partidos que integraban la coalición de Unidad Popular de Allende. Agentes situados en los niveles más altos del propio Partido Socialista fueron “pagados para cometer errores en su trabajo» (58). En Washington el robo era una de las tácticas empleadas por la Agencia para obtener documentos; varios fueron sustraídos de las casas de empleados de la Embajada chilena, y la misma Embajada, en la cual se habían instalado micrófonos desde hacía algún tiempo, fue allanada en mayo de ¡972 por varios de los mismos hombres que al mes siguiente escenificaron el escándalo de Watergate (59).

En marzo de 1973, la Unidad Popular ganó con cerca del 44 % del voto en las elecciones parlamentarias, frente al 36 % obtenido en 1970. Se dijo que era el mayor incremento que un partido en el Gobierno había alcanzado en Chile después de estar en el poder por más de dos años. Los partidos de oposición habían expresado públicamente su optimismo en cuanto a ganar las dos terceras partes de los escaños y poder así bloquear a Allende. Ahora se enfrentaban a otros tres años bajo su autoridad y con la perspectiva de no poder impedir, a pesar de sus esfuerzos, el crecimiento aún mayor de su popularidad.

Durante la primavera y el verano el proceso de desestabilización elevó sus proporciones. Hubo toda una serie de demostraciones y paros, con uno todavía más prolongado de los camioneros. La revista Time reportó: “Mientras la mayoría del pais sobrevive con raciones exiguas, los camioneros parecen estar bien preparados para mantenerse por mucho tiempo”. Un periodista preguntó a un grupo de ellos que acampaban y consumían «una abundante comida colectiva de carne, vegetales, vino y empanadas», de dónde obtenían el dinero para ello. “De la CIA», le respondieron entre risas (60).

También se hicieron cotidianos los sabotajes y la violencia, incluidos los asesinatos. En junio se realizó un frustrado ataque contra el Palacio Presidencial por parte de los miembros de Patria y Libertad y algunos militares. En septiembre el ejército se impuso. “Está claro que la CIA recibió durante los meses de julio, agosto y septiembre informes de inteligencia acerca de los planes del golpe por el grupo que realizó el mismo de manera exitosa el 11 de septiembre de 1973” (61), dijo el comité investigador del Senado.

El papel de EE. UU. en ese día decisivo está hecho de sombra y sustancia. El golpe comenzó en el puerto de Valparaíso con el envío de tropas de la Marina chilena hacia Santiago mientras los barcos norteamericanos se mantenían a la vista desde la costa, en apariencia para participar en maniobras conjuntas con los chilenos. Los barcos estadounidenses permanecieron fuera de las aguas territoriales, pero en estado de alerta. Un avión WB-575 —un sistema de control de comunicaciones desde el aire-— piloteado por oficiales de la Fuerza Aérea norteamericana, patrullaba el cielo chileno. Al mismo tiempo aviones de observación y de combate de EE.UU. aterrizaban en la base estadounidense de Mendoza, Argentina, no lejos de la frontera con Chile (62).

En Valparaíso, mientras los oficiales norteamericanos se encontraban con sus homólogos chilenos, un joven estadounidense, Charles Horman, que vivía en Santiago y quedó varado cerca de Valparaíso por el golpe, tuvo la oportunidad de conversar con varios compatriotas, tanto civiles como militares, recién llegados. Un ingeniero naval retirado le dijo: «Vinimos a cumplir una tarea y ya está hecha”. Uno o dos militares también le dieron indicios que no debían haber revelado. Pocos días después Horman fue arrestado en su residencia en la capital. Sabían donde encontrarlo y nunca se le ha vuelto a ver (63).

Así se llevó a cabo el cierre del país al mundo exterior durante toda una semana, mientras los tanques rodaban por las calles y los soldados derribaban las puertas; los estadios resonaron con los estampidos de las ejecuciones y los cuerpos se apilaron en las aceras y flotaron en los ríos; se abrieron centros de tortura, se arrojaron al fuego los libros subversivos; los soldados rasgaban los pantalones de las mujeres gritando: “¡En Chile las mujeres usan vestidos!»; los pobres regresaron a su estado natural y los hombres mundanos en Washington y en los salones de las finanzas internacionales abrieron sus chequeras.

Un año después,el presidente Gerald Ford se sintió obligado a declarar que lo que Estados Unidos había hecho en Chile había sido «en el mejor interés del pueblo chileno y ciertamente no en interés nuestro» (64). Lo que EE.UU. había hecho en Chile, pensaba Ford, o al menos eso dijo, «fue ayudar y asistir en la preservación de los periódicos y medios electrónicos de la oposición y preservar los partidos políticos de oposición» (65). Los periodistas presenten fueron lo bastante amables como para no preguntar a Ford qué pensaba de la junta chilena que había prohibido toda forma, tipo o medio de oposición. Por supuesto que era algo obligado que otros funcionarios y congresistas afirmaran que las acciones de EE.UU. en Chile tuvieron por objeto repeler la amenaza soviética al hemisferio occidental. Pero el comportamiento soviético con relación al gobierno de Allende simplemente no justificaba tal hipótesis; los informes de inteligencia norteamericanos confirman que «los acercamientos soviéticos hacia Allende se caracterizan por la cautela y la restricción», «los soviéticos desean evadir otro compromiso al estilo cubano», los rusos «recomiendan a Allende que arregle sus relaciones con EE.UU. […] para aliviar la tensión entre los dos países» (66).

Un estudio de la CIA del 7 de septiembre de 1970, tres días después de la victoria electoral dé Allende, concluía:
1.- EE. UU. no tiene intereses vitales dentro de Chile. Habría, sin embargo, pérdidas económicas tangibles.
2.- El equilibrio del poder militar en el mundo no se alteraría de manera significativa por el gobierno de Allende.
3.- No obstante, una victoria de Allende sí crearía costos políticos y psicológicos considerables:
A) La cohesión hemisférica se vería amenazada por el desafío que el gobierno de Allende implicaría para la OEA y por las reacciones que crearía en otros países.
B) Una victoria de Allende representaría un retroceso psicológico definido para EE.UU. y un avance psicológico definido para los ideales marxistas. (67)
Las pérdidas económicas tangibles se referían posiblemente a la esperada nacionalización de las compañías mineras norteamericanas. Esto ocurrió y no se pagó compensación alguna por la Unidad Popular que calculó que las compañías le debían dinero a Chile a causa de sus «ganancias excesivas». Las reacciones que crearía en otros países no pueden significar otra cosa sino que los pueblos de otros países podrían sentirse inspirados a considerar sus propias soluciones socialistas a los problemas económicos y sociales que los aquejan. El Chile de Allende podría convertirse de esta forma en ese fantasma que recorría los pasillos de Washington: un ejemplo exitoso de alternativa al modelo capitalista.

Washington no reconoce otra herejía en el Tercer Mundo aparte de la independencia. En el caso de Salvador Allende la independencia traía un atuendo especialmente provocativo: un marxista electo constitucionalmente que continuó honrando la Constitución. Esto no podía pasar. Iba contras las bases mismas contra las que se ha edificado la torre del anticomunismo: la doctrina cultivada penosamente durante décadas de que los «comunistas» se apoderan del poder mediante la fuerza y el engaño, y se mantienen en él mediante el terror y el lavado de cerebros. Sólo podía haber una cosa peor que un marxista en el poder: un marxista electo en el poder.

Referencia documental y notas

Orginal en ingles: William Blum, Killing Hope: U.S. Military and CIA Interventions Since World War II, Common Courage Press, 2004.

Notas del capítulo

(1) Covert Action in Chile, 1963-1973, Informe al Comité Selecto del Senado para el Estudio de Operaciones Gubernamentales con respecto a Actividades de Inteligencia, 18 de diciembre de 1975, p. 16. En adelante lo llamaremos Informe del Senado.
(2) Washington Post, 6 de abril de 1973.
(3) Informe del Senado, pp. 14, 18.
(4) Ibíd, p. 9.
(5) Washington Post, 6 de abril de 1973.
(6) Informe del Senado, p. 15.
(7) Paul E. Sigmund: The Overthrow of Allende and the Politics of Chile 1964-1976. University of Pittsburgh Press, 1977, p. 297.
(8) Informe del Senado, pp. 15, 16.
(9) Sigmund, p. 34.
(10) Informe del Senado, p. 16.
(11) Sigmund, p. 35; Philip Agee: Inside the Company: CIA Diary. New York, 1975, p. 387; Miles Wolpin: Cuban Foreign Policy and Chilean Politics. Lexington, Mass., l972, pp. 88, 176.
(12) Informe del Senado, p. 8.
(13) Washington Post, 6 de abril de 1973.
(14) Informe del Senado, pp. 9, 16; Wolpin, pp. 175, 372.
(15) David Wise: The Politics of Lying. New York, 1973, pp. 167-168.
(16) Revista Time, 11 de agosto de 1975, edición europea, p. 47.
(17) Penny Lernoux: Cry of the People: The Struggle for Human Rights in Latin America-The Catholic Church in Conflict with U.S. Policy. Penguin Books, Londres, 1982, pp. 25-29.
(18) Informe del Senado, p. 16.
(19) Ibíd., p. 5.
(20) Ibíd., p. 18.
(21) Ibíd., p. 9.
(22) Survey of the Alliance for Progress: Labor Policies and Programs, Informe del Subcomité sobre Asuntos de las Repúblicas Americanas del Comité del Senado sobre Relaciones Exteriores, 15 de julio de 1968, p. 3.
(23) Newsweek, 23 de septiembre de 1974, pp. 51-52, entre muchos otros textos donde puede hallarse este comentario ahora famoso.
(24) Informe del Senado, p. 21.
(25) Ibíd., pp. 21-22.
(26) Interim Report: Alleged Assassination Plots Involving Foreign Leaders, Informe del Comité Selecto del Senado para el Estudio de Operaciones Gubernamentales con respecto a Actividades de Inteligencia, 20 de noviembre de 1975, p. 227: En lo adelante lo llamaremos Assassination Report.
(27) Informe del Senado, p. 24.
(28) Assassination Report, passim; Informe del Senado, p. 23.
(29) Seymour Hersh: Kissinger: The Price of Power. Londres, 1983, pp. 259, 274, 292.
(30) Informe del Senado, pp. 23, 25. ; Hersh, p. 273.
(31) Informe del Senado, pp. 26, 37.
(32) Ibíd., pp. 24, 25.
(33) Foreign and Military Intelligence. Libro 1, Informe Final del Comité Selecto del Senado para el Estudio de Operaciones Gubernamentales con respecto a Actividades de Inteligencia, abril de 1976, p. 200
(34) Washington Post, 5 de enero de 1978; Informe del Senado, p. 25.
(35) Informe del Senado, p. 24.
(36) Assassination Report, p. 234.
(37) Ibíd., p. 240.
(38) Ibíd., pp. 226, 245, 252 y otras; para otra descripción general del período entre el 4 de septiembre y el 24 de octubre de 1970, ver Hersh, capítulos 21 y 22.
(39) The Sunday Times, Londres, 27 de octubre de 1974, p. 15, se refiere al testimonio secreto de Colby ante un comité del Congreso el 22 de abril de 1974. Ver el New York Times, del 8 de septiembre de 1974, p. 1, para una paráfrasis de la declaración de Colby.
(40) Informe del Senado, p. 33.
(41) Casi todos los libros que tratan sobre Chile bajo Allende tocan el boicot económico en detalle. Ver, entre otros, Edward Boorstein: Allende ‘s Chile: An Inside View. New York, 1977; y James Petras y Morris H. Morley: How Allende Fell. Reino Unido, 1974.
(42) Adam Schesch y Patricia Garrett: «The Case of Chile», en Howard Frazier, ed.: Uncloaking the CIA. The Free Press/Macmillan, New York, 1978, p. 38; Informe del Senado,pp. 32-33.
(43) The Sunday Times, Londres, 27 de octubre de 1974, p. 16.
(44) Schesch y Garrett, p. 48; Informe del Senado, pp. 37-38.
(45) Time, 30 de septiembre de 1974; Informe del Senado, p. 31; New York Times, 21 de septiembre de 1974, p. 12.
(46) John Dinges y Saul Landau: Assassination on Embassy Row. Londres, 1981, p. 43.
(47) Sobre el IADTL ver Fred Hirsch: An Analisis of our AFL-CIO Role in Latin America. San José, California, 1974, passim, NACLA ‘s Latin America and Empire Report, octubre de 1973, p. 11; The Sunday Times, Londres, 27 de octubre de 1974, pp. 15, 16; Hortensia Bussi: «The Facts about Chile», en Frazier: op. cit., p. 60.
(48) Observado por el propio autor durante su estancia en Chile entre agosto de 1972 y abril de 1973.
(49) Una de las publicaciones clausuradas durante el estado de emergencia que se declaró tras un abortado golpe militar en junio de 1973, fue Punto Final, una de las revistas realizadas por el ala izquierda del propio Partido Socialista de Allende.
(50) Informe del Senado, p. 31; Hortensia Bussi, pp. 60, 63; la escuela sobre explosivos en Los Fresnos aparece descrita en la sección de Uruguay.
(51) Informe del Senado, pp. 36-38.
(52) Ellen Ray y Hill Schaap: “Massive Destabilization in Jamaica”, en Covert Action Information Bulletin, Washington, D.C., agosto-septiembre de 1980, p. 8; Fred Landis: “Robert Moss, Amaud de Borchgrave and Right-Wing Disinformation”, en ibíd., p. 42 (Landis era un consultor del comité del Senado que elaboró los informes citados en esta sección).
(53) Landis, p. 42; Informe del Senado, p. 39.
(54) The Guardian, Londres, 20 de diciembre de 1976, p. 9; Landis, pp. 37-44.
(55) Landis, pp. 38-39; Informe del Senado, p. 30 (hace referencia a “una organización investigativa de oposición”); Daily Mail, Londres, 22 de diciembre de 1976, p. 6.
(56) Informe del Senado, p. 38.
(57) Se han publicado varios relatos, además de los testimonios de norteamericanos y otros extranjeros conocidos por el autor que se encontraban en Santiago en el momento del golpe.
(58) Revista Time, 30 de septiembre de 1974.
(59) Victor Marchetti y John Marks: The CIA and the Cult of Intelligence. New York, 1975, p. 43; Dinges y Landau, p. 50; Hersh, p. 333.
(60) Time, 24 de septiembre de 1973, p. 46.
(61) Informe del Senado, p. 39.
(62) Hortensia Bussi, p. 64; añade que los pilotos del avión WB-575 eran los mayores V. Dueñas y T. Schull.
(63) Thomas Hauser: The Execution of Charles Harman. New York, 1978, capítulos 9 y 10; se trata del libro en el cual se basó la película Missing (del director Costa Gavras).
(64) New York Times, l7 de septiembre de 1974, p. 22.
(65) Ibíd.
(66) Informe del Senado, p. 47; Washington Post, 21 de octubre de 1973, p. C (67) Assassination Report, p. 229.

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