Home Opinión Sigue la lucha. ¡La democracia por fin!

Sigue la lucha. ¡La democracia por fin!

A fines de 1958 se celebraron las elecciones para la Presidencia de la República. Resultó ganador Rómulo Betancourt, quien desde el primer momento agredió a la izquierda, cumpliendo los compromisos adquiridos con el Departamento de Estado casi un año antes.

Justamente el cinco de mayo había ocurrido la desastrosa visita de Richard Nixon a Caracas, que casi ocasiona el desembarco de los marines en Venezuela a rescatar a su vicepresidente. Afortunadamente contábamos con la actitud firme y patriótica del contralmirante Larrazábal, quien rotundamente se opuso a tamaña agresión, garantizando la seguridad del vicepresidente.

El 23 de julio se alza contra la democracia Jesús María Castro León y el 7 de septiembre Juan de Dios Moncada Vidal.

El 1 de enero de 1959 se produce la caída de Batista en Cuba y la entrada apoteósica de Fidel en La Habana, quien decide realizar el 23 de enero un viaje de buena voluntad a Caracas, para agradecer la ayuda venezolana, decisiva para el triunfo de la revolución.

Saluda al Presidente encargado, el Dr. Edgard Sanabria; al contralmirante Wolfgang Larrazábal. A los estudiantes en el Aula Magna de la Universidad, donde coincide con Pablo Neruda. Y al pueblo de Caracas en una enorme concentración en El Silencio. Su entrevista con Betancourt, presidente electo, fue casi en secreto, ya que éste no quería recibirlo y mucho menos hacer ninguna clase de compromiso.

A los pocos meses nos visitan nuevamente revolucionarios cubanos. Una delegación encabezada por el presidente Oswaldo Dorticós y el comandante Juan Almeida. Se produce una marcha muy emotiva por el centro de Caracas, para protestar por el crimen cometido contra el diplomático Andrés Cova Casas, muy activo en la búsqueda de recursos para el apoyo al Ejército Rebelde, en la Sierra.

Para 1960 formaba parte de la directiva del Centro de Estudiantes. Allí había conocido a Juan Vicente Cabezas, quien había regresado a la universidad lleno de prestigio por haber sido perseguido por la Seguridad Nacional.

Cuando empiezan los acontecimientos de noviembre del 60, ya estoy incorporado a la Juventud Comunista como miembro del Comité de Base de los años superiores. Tengo una militancia regular acompañando a Kléber Ramírez Rojas, mi compañero de estudios. Era el dirigente más importante de la Juventud Comunista en la facultad y candidato triunfador a la presidencia el Centro de Estudiantes.

Esta intensa actividad era expresión de un auge político que venía en ascenso desde el año 57, con la presencia masiva de jóvenes que llegan para reforzar en cantidad y entusiasmo a la juventud universitaria, y que hacen de la Facultad de Ingeniería la más fuerte de la universidad.

Por mi parte soy candidato y resulto electo representante estudiantil en el Consejo de Facultad.

Muy pronto me doy cuenta que esa militancia regular no me entusiasmaba. Logro combinar los estudios con la militancia, pero me intereso más por un nuevo fenómeno que va a ocurrir abiertamente. En los cafetines de la universidad se forman nuevos grupos. Se dice que están organizando guerrillas.

Me acerco a unos camaradas que hablan de realizar acciones armadas. Me dicen que es un grupo especializado en el choque, llamado Aparato Especial. Me parece una versión más seria que lo que se ve por los pasillos. Me integro a una unidad con varios amigos de tiempo atrás, entre quienes se encontraba Livia Gouverneur, bella estudiante de psicología. Nos reunimos en los pasillos y en algunos cafés en los alrededores de la Ciudad Universitaria.

Esta actividad, simultánea con la militancia ordinaria, es clandestina. Pronto me dicen que la dualidad es inconveniente. Decido quedarme en el Aparato y me desvinculo de la organización regular, participando en las primeras acciones armadas en Caracas, mucho antes de que se formaran las FALN.

Debo decir que todas las acciones armadas en las que participamos fueron limpias. Sin atropellar a nadie. Especialmente a ningún inocente y particularmente a ningún policía. Nunca participamos en secuestros ni atracos.

Pero esa militancia irregular era expresión de la decisión de luchar para tomar el poder para el pueblo. Eso es lo que realmente nos importaba. Al poder no se llega por otro camino, por justas que sean las luchas democráticas y sociales. Había que atentar contra lo establecido y eso es lo que me había atraído de la izquierda.

En el Partido Comunista encontré condensada la imagen de la lucha universal por la igualdad y la justicia social, donde los que habían triunfado, habían tenido que transitar caminos violentos. Así fueron los casos del propio Lenin en la URSS, de Mao en China, de Ho Chi Minh en Vietnam y de Fidel Castro en Cuba.

Y así sería en el caso nuestro. Estábamos seguros. Esa era la dirección hacia donde apuntaba el auge revolucionario.

Juan Parisca juan.parisca@sigoweb.com

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